En mi opinión, las canciones existen para encontrar a quien las haga reales. Puede ser una quinceañera enamorada, una escritora de mente retorcida o una estudiante cabreada, una traicionada celosa, una gritona en busca de catarsis... yo las he sido todas. Es curioso cómo Linkin Park siempre parece hablar con mi voz, pronunciando con claridad las ideas de mi mente.
Somewhere I belong. Yo también quiero encontrar el lugar al que pertenezco. Encontrarlo, crearlo, o hacerlo de cada lugar al que vaya. Sentir que pertenezco a él, que pertenezco a mí misma, y que es así por justo derecho, que me he ganado ser mía, dueña de mi destino y de mi alma. Que aquello que hice a lo largo del camino me haya servido para sentir que vale la pena ser yo, que valí la pena para los demás y no me dejé arrastrar con languidez por la corriente.
Pero eso estoy haciendo.
Por eso tengo miedo. No es que sea algo típico de mí. No soy la persona más enérgica del mundo, vale, pero tampoco soy una babosa arrumbada en un rincón. Pero no quiero hacer nada... tengo unas ganas terribles de dormir, no dormir las siete horas tacañas antes de que suene el despertador y luego empezar un nuevo día, con energía y juventud como de mí se espera. Quiero dormir durante mucho, mucho tiempo, y viajar en mis sueños a un mundo absurdo donde sea incapaz de hilvanar dos pensamientos seguidos, donde no tenga que razonar ni explicar, donde me limite a existir sin más... despertar miles de años después, y no recordar nada, ni cómo me llamo, ni qué hice antes, cuántos años llegué a cumplir, qué me gustaba y qué no, qué prejuicios tenía, cuáles eran mis miedos, cómo me educaron y cómo me rebelé a ello... no recordar siquiera si me gustaban los hombres o las mujeres, sin recordar que amé y que deseé, no recordar absolutamente nada. Para volver a empezar de cero, limpia de todo, inocente, como tan mal visto está ser hoy en día... para vivir sin dejarme forzar ni influir por nada, para ser yo y buscar cómo ser feliz por mi propio pie, sin pensar si está bien o mal. Limitarme a ser...
Quizás es una manera distinta de mi cuerpo y de mi mente de enfrentarse al dolor. Quizás han comprendido que no me conviene volver a perder peso y a criar ojeras llorando como tonta encerrada en mi casa durante varios meses, y se han propuesto una estrategia diferente. Olvidar, no hurgar, dejar que todo flote indiferente en la superficie, hasta que el dolor termine por desintegrarse en las olas ácidas de mi mente. Y eso es lo que hace. Y no sé ya qué es peor.
Apatía. Apatía.
Tengo miedo. Miedo de estar equivocándome, de haberme puesto a cavar el agujero que no es. De no estar haciendo lo que debería, no ante nadie, si no ante mí misma. Pero, oh, ahí está otra vez el bostezo soñoliento y hastiado de mi consciencia, haciendo que a pesar de mi desesperación, a una parte de mí le importe cada vez menos lo que me está pasando. Y esa parte toma control sin poder yo evitarlo, ahogándome.
¿Alguien ha sentido alguna vez parálisis del sueño? Ocurre cuando te despiertas durante la fase REM, cuando deberías estar soñando, y tu cuerpo, paralizado para que ningún movimiento de tus sueños pueda dañarte, no responde. A mí me ha pasado, y siempre, siempre tengo la cara apretada contra la almohada, sin poder respirar, y sin poder ordenarle a mi cuerpo que se mueva. Esa desesperación medio dormida es la que siento ahora. Algo me está asfixiando y yo... yo no puedo hacer nada, algo en mí, tratando de protegerme, no quiere hacerlo.
Por eso siento tantas ganas de escapar de todo e irme lejos, muy lejos.
Cath